Protesta social: camino a la política

Social protest: path to politics

Teodoro Lastra Palacios1 Johnny Frank Rojas Reyes2

1 Magister en Gestión Pública para el

Desarrollo Social. Universidad

Nacional Hermilio Valdizán,

Huánuco, Perú

https://orcid.org/0000­0002­1168­7536

tlastrap@epgunheval.edu.pe

2 Magister en Medio Ambiente y

Desarrollo Sostenible, mención en

Gestión Ambiental. Universidad

Nacional Hermilio Valdizán,

Huánuco, Perú.

https://orcid.org/0009­0002­6484­3552

jfrojasr@epgunheval.edu.pe

Cómo citar: Lastra Palacios, T., y Rojas Reyes, J. F. (2025). Protesta social: camino a la política (2025). Gaceta Científica, 11(4), xx-xx. https://doi.org/10.46794/gacien.x.x.xxxx

Arbitrado por pares ciegos

Recibido: 09/07/2025

Aceptado: 12/10/2025

Estimado editor:

La protesta social constituye un fenómeno político y sociológico central en el siglo XXI. Lejos de limitarse a un mecanismo espontáneo de descontento colectivo, se ha convertido en una vía legítima y efectiva para la construcción de liderazgos, la inclusión de actores sociales históricamente marginados y la transformación de las agendas públicas. La finalidad de este escrito es sostener que la movilización social actúa en la actualidad como un medio para ingresar a la política, respaldado por estudios académicos a nivel global -con aportes de escritores de Asia, América del Norte y América Latina-, así como por datos descriptivos que ayudan a entender este fenómeno.

La teoría sociopolítica contemporánea ha reconocido que las protestas desempeñan un papel estructurante en las democracias modernas. Según Tilly (2004), la movilización conjunta es un elemento de un repertorio político revitalizado en el que la población manifiesta sus exigencias más allá de los métodos institucionales convencionales. No obstante, los movimientos sociales actuales no solo buscan ejercer presión sobre las autoridades; también contribuyen a construir identidades políticas, a impulsar nuevos liderazgos y a transformar la manera en que la sociedad se representa a sí misma.

Para ilustrar este proceso, se presenta una comparación de cómo han evolucionado, en los últimos años, diversas manifestaciones significativas en distintas regiones del mundo. Esta mirada comparativa permite ver que, detrás de cada protesta, no solo hay reclamos puntuales, sino también nuevas formas de entender la participación y el compromiso ciudadano.

Esta información indica que la manifestación es un evento mundial con efectos variados, aunque interconectados. En Asia, Lai (2021) sostiene que las movilizaciones en Hong Kong entre 2019 y 2020 constituyeron un punto de inflexión en los estudios sobre la acción colectiva, al observarse una transición desde demandas locales hacia cuestionamientos profundos sobre la autonomía política. En Norteamérica, la ola de protestas del movimiento Black Lives Matter, en 2020, reflejó una ampliación del debate sobre justicia racial y seguridad pública (Milkman, 2020). En América Latina, las protestas masivas de Chile (2019), Colombia (2021) y Perú (2022-2023) evidencian un proceso acelerado de reconfiguración política donde la ciudadanía no solo exige cambios, sino que incide directamente en el curso político nacional (Uprimny y Durán, 2022).


Estas manifestaciones evidencian que el acto de protestar se ha transformado en una vía efectiva de involucramiento político. En este contexto, la protesta no representa una falla dentro de la democracia, sino que, más bien, es un método que renueva sus compromisos y soluciona sus carencias.

Otra evidencia importante del carácter político de la protesta es la emergencia de liderazgos provenientes de movimientos sociales. A continuación, en la Tabla 2 se presentan ejemplos de líderes actuales que iniciaron su trayectoria en protestas o movimientos sociales.


Estos casos reflejan que la protesta funciona como un espacio formativo donde emergen liderazgos capaces de traducir demandas sociales en propuestas institucionales. Boric (Chile) y Márquez (Colombia), por ejemplo, pasaron de liderar marchas a ocupar los dos cargos de gobierno en sus respectivos países; presidencia en el primer caso y vicepresidencia en el segundo. Este tránsito evidencia que la protesta ha dejado de ser un espacio marginal para convertirse en una plataforma de acceso al poder formal.

La aceptación o rechazo social de las protestas determina su eficacia política. La siguiente tabla muestra resultados de diversas encuestas regionales que reflejan la percepción ciudadana.


Los datos permiten observar que la protesta tiene una legitimidad considerable. Además, muestran un punto clave: más del 60 % de la población cree que los gobiernos responden mejor bajo presión ciudadana. Esto confirma lo planteado por Tarrow (2011), acerca de que los movimientos sociales son actores estratégicos que amplían las oportunidades políticas y alteran el comportamiento institucional.

Autores norteamericanos, europeos, asiáticos y latinoamericanos coinciden en que la protesta transforma el sentido de lo político. Castells (2012) señala que, con la irrupción de tecnologías digitales, las protestas se convierten en espacios híbridos, donde el activismo en red modifica la comunicación política. Milkman (2020) agrega que en Estados Unidos estas dinámicas han permitido mayor inclusión de grupos jóvenes y minorías étnicas. Desde Asia, Lai (2021) destaca que las protestas funcionan como resistencia frente a estructuras políticas rígidas, convirtiéndose en un canal alternativo de deliberación pública. Y desde América Latina, Uprimny y Durán (2022) sostienen que la protesta ha actuado como un motor de democratización, impulsando reformas constitucionales y ampliando derechos colectivos. Con todo, esta unión a nivel global resalta un aspecto clave: las manifestaciones no solo exigen, sino que también sugieren y modifican.

En resumen, esta aproximación muestra que la movilización social no es un hecho aislado ni solamente una señal de dificultades en la democracia. Más bien, constituye una parte esencial de la política contemporánea. Con el tiempo, las protestas han dejado de ser simples expresiones momentáneas de malestar para convertirse en una forma estratégica de participación ciudadana, capaz de influir en la agenda pública, impulsar cambios institucionales y dar origen a nuevos liderazgos.

Los datos provenientes de Asia, América del Norte y América Latina refuerzan esta idea: sin importar el contexto cultural o político, las manifestaciones actúan como un puente entre la gente y las instituciones. A través de ellas, las personas pueden expresar sus preocupaciones, presentar demandas y abrir espacios de diálogo que, muchas veces, los canales tradicionales no logran ofrecer. En este sentido, la protesta social no solo visibiliza problemas, sino que también crea oportunidades para que la ciudadanía participe activamente en la construcción de una vida democrática más inclusiva y deliberativa.

Los cuadros comparativos sobre las protestas actuales, los nuevos liderazgos y las percepciones de la ciudadanía dejan claro que las movilizaciones van mucho más allá de un gesto simbólico, ya que generan efectos concretos y visibles. Gracias a ellas se hacen evidentes problemas profundos que, de otro modo, podrían permanecer ocultos o ignorados. Las protestas también tienen la fuerza de impulsar cambios en las normas y convertirse en el motor de reformas que, sin la participación de la gente, difícilmente verían la luz.

Además, estas expresiones colectivas abren oportunidades para que nuevas voces y rostros lleguen al ámbito formal del poder, enriqueciendo la representación política y aportando perspectivas construidas desde la experiencia real de las comunidades. Así, las movilizaciones no solo cuestionan el estado de las cosas, sino que, además, ayudan a transformar la forma en que entendemos y practicamos la vida democrática. La participación de líderes formados en movimientos sociales -como Joshua Wong, Ocasio-Cortez, Boric, Márquez y Kumamoto- confirma que la protesta funciona como una escuela política con capacidad de renovar las élites y diversificar la representación.

Así mismo, los datos sobre legitimidad y eficacia percibida revelan que un amplio sector de la población reconoce la protesta como un mecanismo válido y necesario para corregir los déficits democráticos, especialmente en sociedades donde la confianza institucional se encuentra debilitada. Esta ciudadanía activa y cada vez más informada redefine la participación política al incorporar tácticas híbridas —presenciales y digitales— que potencian la organización colectiva.

En este sentido, la protesta social debe ser entendida como un recurso democratizador, no como una amenaza a la estabilidad. Lejos de socavar el orden político, introduce tensiones creativas que permiten ajustar las instituciones a las necesidades sociales emergentes. Criminalizarla o restringirla de manera desproporcionada implica debilitar uno de los pilares de la democracia deliberativa.

Por ello, resulta necesario promover marcos normativos y políticas públicas que garanticen el ejercicio pleno del derecho a la protesta, fomenten el diálogo temprano entre sociedad y Estado, y aseguren mecanismos institucionales que traduzcan las demandas ciudadanas en procesos concretos de decisión pública. Solo así la protesta podrá seguir cumpliendo su función histórica: renovar, revitalizar y profundizar la vida democrática en todas sus dimensiones.

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Fuentes de financiamiento

La investigación fue realizada con recursos propios.

Conflictos de interés

No presenta conflictos de interés.

Autor de correspondencia

tlastrap@unheval.edu.pe